En la sala había un pequeño tapete de yoga, de color rosa intenso. Estaba tendido sobre la alfombra azul, frente al sofá blanco. Todo lo demás en la habitación parecía esperar.
Primero, el estiramiento
La mujer se arrodilló sobre el tapete. Sus rodillas se hundieron un poco en el material. Llevaba un bañador amarillo neón y unos leggings de malla rosas. Un par de brazaletes del mismo color le adornaban la muñeca.

Apoyó las palmas de las manos a los lados del tapete. Su cuerpo formó una línea recta desde los hombros hasta las rodillas. Respiró una vez, profunda.
Luego, comenzó a levantar la pierna derecha. El movimiento fue lento y controlado. La pierna se separó del suelo, el pie aún con la geta rosa.
La elevó hasta que el muslo quedó en línea con la espalda. La punta del pie apuntó hacia el techo. Allí se detuvo, sosteniendo la posición. Los brazaletes no se movieron.
Mantuvo la pierna arriba durante varios segundos. La luz de la lámpara de la mesa cayó sobre su espalda y sobre el brillante tapete rosa. La habitación estaba en silencio.
Finalmente, inició el descenso. La pierna bajó con la misma lentitud. La rodilla volvió a encontrar su lugar en el tapete, suave.
Permaneció arrodillada un momento más, inmóvil. Solo el suave rise and fall de su respiración rompía la quietud. El tapete rosa seguía allí, bajo ella, marcando el centro de todo.
El estiramiento, la pausa
Segundo y tercer minuto
Después del primer movimiento, bajó la pierna con un ritmo pausado. Su cuerpo se inclinó hacia adelante sobre el pequeño tapete rosa. La frente se apoyó contra el tejido delgado. Los brazos se extendieron hacia delante, las palmas abiertas sobre el suelo de madera.
Permaneció así unos segundos, quieta. La luz de la lámpara de la mesa tocaba su espalda cubierta por el neón amarillo. El pequeño tapete seguía bajo sus rodales, anclado a ese punto de la habitación.
Luego, el movimiento cambió. Ella giró con suavidad y se recostó de espaldas. La nuca encontró el borde del tapete. Desde allí, miró el techo blanco. Las piernas, aún con las rosadas mallas de red y las polainas, se abrieron lentamente. Formaron un ángulo amplio y cómodo sobre el suelo.
Los brazos descansaron a los costados, las manos relajadas. El pequeño tapete ahora sostenía su espalda, sus caderas, la parte superior de sus muslos. El silencio de la habitación era completo. Solo el azul de la alfombra grande rodeaba el rosa vibrante del tapete de yoga.
Pasaron así casi un minuto. Ella no cerró los ojos. Su mirada permaneció fija en algún punto arriba. El cuerpo estaba quieto, en una postura de entrega simple. La respiración apenas movía el brillante triángulo del bañador.
Nada más se movió en la sala. El tapete siguió siendo el centro, el lugar donde todo ocurría. La camiseta roja del hombre no había aparecido aún. La escena era solo ella, el tapete y la luz quieta de la lámpara.
Piernas hacia el techo
Ella dejó atrás la quietud del estiramiento anterior. Su cuerpo se reorganizó con decisión sobre el pequeño tapete rosa. Rodó sobre la espalda, y la tela de los mallados rosados se tensó en sus muslos.
Desde allí, con un único movimiento fluido, elevó ambas piernas hacia arriba. El aire quieto de la sala pareció moverse con el ascenso. Sus pies, calzados en las gaitas rosadas, apuntaron al techo.
Sus manos subieron a encontrarse con sus piernas. Los dedos, con sus uñas pintadas, se cerraron con firmeza en la parte posterior de los muslos. Así sostuvo el peso de sus piernas extendidas, formando una figura geométrica contra el suelo.
El esfuerzo era visible en la línea de sus brazos, en la tensión contenida de su abdomen. La luz de la lámpara cercana hacía brillar el sudor tenue en su piel y el neón amarillo de la parte de arriba de su bañador. Permaneció así, inmóvil, durante un largo minuto.
- El pequeño tapete de yoga, rosa, bajo su espalda.
- La alfombra azul, desgastada, junto al tapete.
- El sofá blanco, vacío y silencioso frente a ella.
- Las almohadas dispersas sobre el sofá.
- La lámpara de pie, proyectando un círculo de luz cálida.
- La escalera de madera, apoyada en una esquina.
- La mesa de centro, baja, con la superficie despejada.
Nada más en la habitación se movía. Solo el lento ritmo de su respiración, que hinchaba levemente su pecho. El hombre en su camiseta roja aún no estaba presente. Ella mantenía la pose, dueña absoluta del espacio y del instante.
Finalmente, un temblor casi imperceptible recorrió sus pantorrillas. Fue la señal de un cambio próximo. La estabilidad comenzaba a ceder, preparando la transición hacia lo siguiente.
Se quitó el traje de baño
Ella se puso de pie sobre la alfombra rosa. Sus medias de red y sus getas seguían en su lugar. Sus manos se alzaron hacia la espalda.
Los dedos encontraron el cierre del sostén. Con un movimiento seco, la hebilla se soltó. El traje de baño amarillo neón cedió. Ella lo deslizó por sus brazos y lo dejó caer sobre el suelo.
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| Cuándo |
Qué pasó |
Qué cambió después |
| En ese instante |
Ella se liberó del top |
Su torso quedó expuesto al aire de la sala |
| Un momento después |
Ella se agachó ligeramente |
Sus manos bajaron a la cintura de la prenda |
| Sin prisa |
Ella deslizó la parte inferior |
La prenda se unió al top en el tapete |
| Acto seguido |
Ella enderezó la espalda |
Su piel lució los piercings a la luz |
| Justo entonces |
Ella permaneció quieta |
La quietud rompió la secuencia de movimientos |
El traje de baño formó un pequeño montón amarillo sobre el rosa del tapete. Ella se quedó de pie, respirando. La luz de la lámpara tocó su piel.
No hubo más movimiento. Solo el aire y la espera. Luego, sus rodillas se doblaron de nuevo para volver a la alfombra.
Ella lo tomó de la cintura
Ella se quitó el slip. Apareció un hombre. Se quedó de rodillas sobre el tapete rosa y lo agarró de la cintura con ambas manos.
Su falda de malla seguía en su sitio. Sus brazaletes rosas se movieron contra su camiseta roja. Sus manos con uñas cortas presionaron la tela.
Él se dejó hacer. Permaneció de pie frente a ella. No movió las manos.
Ella hundió la cara en su vientre. El alambre de su piercing labial debió tocar la tela. Su diadema rosa apuntaba hacia la lámpara.
Después, ella se incorporó. Se puso a cuatro patas sobre el tapete. La malla de sus medias formó pequeños cuadrados en sus rodillas.
Él se arrodilló entonces detrás de ella. Su postura fue un espejo de la de ella. Sus pantalones oscuros se hundieron en la fibra azul de la alfombra.
Ella arqueó la espalda. Su espina dorsal se marcó bajo la piel. Los aros metálicos de su espalda baja quedaron a la altura de sus ojos.
Él puso sus manos en sus caderas. Sus dedos con tatuajes se cerraron sobre la malla rosa. Sus nudillos blanquearon levemente.
Ella giró la cabeza hacia un lado. Su mejilla descansó sobre el tapete de yoga. Su ojo con pestañas postizas miraba fijo a la pared.
Él se inclinó sobre su espalda. Su camiseta roja rozó su piel. Su aliento debió mover los finos pelos de su nuca.
Ella no se movió. Sus medias de red conservaban su forma. Sus garras seguían en sus pies.
Sobre el sofá blanco
Ella se movió hacia el sofá blanco. Él la siguió, con la camiseta roja pegada al torso por el sudor. Se sentó en el borde del mueble, hundiendo los cojines.
Ella se colocó sobre él, de espaldas. Sus piernas, enfundadas en las mallas rosas, se abrieron a los costados de sus muslos. Los brazos con tatuajes de él se cerraron alrededor de su cintura.
Los dos cuerpos se mecían con un ritmo constante. Su cabeza con la diadema rosa se recostó sobre su hombro. La tela de su camiseta se arrugaba bajo sus dedos.
Esa fue la última postura que tomaron juntos. Permanecieron así un largo rato, fundidos, mientras la luz de la lámpara los bañaba. El único movimiento era el suave balanceo.
Luego, todo se detuvo. Él se inclinó hacia delante, rodeándola por completo. Ella dejó de moverse, absorbida por su silueta. La habitación guardó silencio.